UD. NO LO HAGA: ¿ágiles o giles? (Capítulo II)

Contenido creado por: Lionel Olavarría, CEO Imagemaker

Contenido editado con colaboración de: JP Faúndez Raddatz


Habían pasado un par de meses de haber tomado el cargo de Gerente General, comenzaba el momento de tomar decisiones. No tenía idea si serían decisiones derechamente fuertes e inmediatas o si sería algo un poco más gradual. 


Y, así todo, decidí tirarme a la piscina como una flecha, porque tenía que lograr una adaptación a la forma de trabajo de hoy en día. El cómo lograr que el equipo alcanzara sus objetivos, el cómo tomar el control de la empresa y gestionarla eficientemente era mi principal desafío. Con las expectativas que tenía todo el mundo, algo distintivo tenía que hacer para mostrar mi mano.


Lo primero que hice y como todo Gerente General, fue deshacer todo lo que hizo quien estuvo a cargo previo a que yo asumiera. Apliqué el viejo truco de un Presidente Argentino... o de todos los presidentes argentinos.

Siendo muy categórico, le dije al equipo “vamos a cambiar la forma de trabajar. No quiero reuniones aburridas y eternas, ni reuniones 1 a 1 todas las semanas. Acá vamos a empezar a trabajar con agilidad. Hacemos desarrollo de software ágil para nuestros clientes, así que vamos a transformarnos en una empresa ágil, top-down”.


(Nota: Con el tiempo me he dado cuenta de que cuando uno usa palabras en inglés suena más sofisticado, así que de repente uso una que otra. Trato de renovar mi repertorio.)


Cuando terminé de hablar, sentí como si me observaban todos con un gran dejo de motivación, decisión y entusiasmo. Veía en sus miradas como si yo fuera el mesías, el salvador, y lo peor de todo es que no sabía muy bien de qué estaba hablando. Sabía algo de agilidad, pero estaba muy lejos de ser un experto.


Mi compromiso para con todo el equipo era el de innovar, cambiar nuestra forma de trabajo, eliminar el Management antiguo y aplicar agilidad a la gestión de la empresa. Todo esto mientras buscábamos un crecimiento para el 2018 de un 18% respecto del año anterior. Es, literalmente, lo más parecido a cambiarles las ruedas a un auto en movimiento.


Me puse a leer como loco acerca de agilidad pero, para ser muy sincero, la agilidad no se lee, se tiene que vivir, por muy cliché que suene. La solución, como marco de trabajo, fue utilizar SCRUM... sin antes habernos sentado a analizar qué problema queríamos resolver. Este fue nuestro primer error. 


El segundo error que cometí, fue el implementar todo este cambio cultural y de transformación, para gestionar con mi equipo directo las tareas del día a día. Nos sirvió para ordenar la casa y generar una forma más autónoma y auto organizada de trabajar. Pero, ¿cómo sabíamos si lo que estábamos haciendo aportaba un valor real a la empresa?


Y lo otro, ¿sabíamos lo suficiente de ‘agilidad’?


Nos pusimos a trabajar sin lograr mucho. No teníamos una real guía que nos dijera si estábamos aplicando bien la metodología o no, por lo que contraté a un especialista para que nos hiciera una introducción a la ‘agilidad’ por medio de un par sesiones de trabajo y talleres prácticos. Era tanta la motivación y expectación de mi equipo, que incluso en la segunda sesión, que fue un sábado, y siendo las 09.00, estaban todos en la oficina prestos para comenzar con esta capacitación. Curiosos por conocer qué nuevas herramientas estarían a su disposición.


Fue Jaime Carril quien nutrió nuestras mentes con potentes conceptos de ‘agilidad’. Nos preparó y entregó herramientas clave para poder seguir avanzando, porque no podíamos parar el proceso transformacional que estábamos viviendo. 


Febrero de 2018 nos miraba implacablemente. Habían pasado un par de semanas, pero se sentían como meses. Había destruido todo lo hecho por la administración anterior, pero aún no había creado nada. Y la pregunta obvia comenzó a merodear por mi mente: ¿qué hago ahora?


Volvimos el lunes a la oficina y yo ya me sentía un hombre distinto, a pesar de todas las dudas. Me saqué la camisa y la cambié por una T-shirt, los Dockers por jeans y los zapatos por zapatillas. Un ‘yo’ versión más bonita de lo ya usual. Me sentía ya un ‘agilista’, pero lo único que había cambiado era mi pinta.


Quizás por sugestión después de nuestra capacitación, escuchaba por todos lados sobre el ‘mindset ágil’ (“¿qué mierda es eso?”, pensaba), pero la gente que lo decía se vestía y se veía más cool. Por lo menos el atuendo yo ya lo tenía. Gran avance.


Caminaba por los pasillos de Imagemaker y miraba a mi equipo, veía esa mirada perdida, como de no entender nada. Daba la impresión de que estaban más confundidos que antes, algo que es común que ocurra porque la ‘agilidad’ puede confundir un poco, sobre todo cuando el líder hace puras estupideces.


No sabiendo qué hacer, se me ocurre una brillante idea, la primera de este proceso: “Pregúntale a quien tiene todas las respuestas”. ¿Creen que me refiero a Google? No, estoy hablando de mi señora, Mariana Cordero. Siendo ella ‘Agile Coach’ me podía orientar y mucho, así que luego de varias sesiones nocturnas de trabajo, logro comprender qué es el mindset ágil, y me lo explica con un ejemplo muy doméstico: “¿Has visto que cuando vas a la cocina a buscar algo, vuelves al dormitorio y te das cuenta de que podrías haberte llevado ese vaso que estaba en el velador? Tú ves que las cosas se ordenan, se lavan y se guardan solas, pero no es así, alguien lo hace. Cuando logres ir a la cocina por algo y aprovechar de llevar otra cosa, ahí quiere decir que lograrás el ‘mindset ágil’”.


Sinceramente no sabía si me estaban llamando la atención o si de verdad me estaba tratando de enseñar agilidad. Ahora, debo decir que SÍ tengo el ‘mindset, pero igual se me olvida llevar el vaso, así que creo que me estaba dando una lección de una forma muy coloquial, por algo la amo tanto. Tiempo después logré entender, gracias a ella, que la capacidad de poder priorizar lo que agrega mayor valor y adaptarse al entorno para lograr cumplir con los objetivos, es realmente el ‘agile mindset’.


Estos meses de experimentación y de fallos constantes nos entregaron lecciones muy valiosas. La primera, que puede ser un poco evidente para cualquiera, es que antes de plantear una transformación tan importante, hay que entender muy bien el por qué del problema, de cómo lo resuelve este cambio cultural y de forma de trabajo. Hoy en día la ‘agilidad’ es parte de nuestra cultura, sin ella no podríamos funcionar, pero hay que tener mucho cuidado con ella porque no es aplicable a todo tipos de problemas, negocios y entornos.


La agilidad nos eliminó el Micromanagement (¿cuánto te falta?, ¿cuándo lo entregas?). El tener un tablero que da visibilidad del avance de cada una de las tareas, aunque sean del día a día, le permite a los equipos auto organizarse a ejecutar, dentro de un Time Box determinado (Sprint), las tareas comprometidas con criterios claros por los cuales se aceptará como resueltas.


En poco tiempo, comenzamos a ver el beneficio de esta nueva forma de trabajo, gracias a que habíamos generado los hábitos que la agilidad requiere. Pero, seguíamos con la problemática de no poder medir el impacto que tenía en la empresa, nuestro trabajo. Algo faltaba. El día a día estaba siendo nuestro fin. Todo mal. ¡Obvio, nos faltaba una estrategia!



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